Crónicas desde un 35 de Jesús del Gran Poder

La vida es equivocarse. Espabilamos gracias a morder el polvo, comernos los “yo nunca”, aguantar unos cuantos “ya te lo dije”. Caerse una y otra vez, para lo cual es requisito indispensable haberse levantado en otras tantas ocasiones.

No se porque nunca reparamos en la belleza del error, la estética de una buena crisis, el innegable valor de un “por aquí no es”. Es fácil equivocarse, sí, pero mucho más fácil equivocarse sobre qué significa equivocarse.

Equivocarse no es hacerlo mal a conciencia. es más bien tomar un riesgo y sufrir su no-éxito. Equivocarse no es ser imbécil. Es más bien empezar a serlo un poco menos.

Equivocarse no es romper: eso seria quedarse con media copla. Equivocarse implica romper, cortarse, sufrir, mirar, reflexionar, curarse, y tener la oportunidad de volver a construir algo nuevo que sea mejor que lo anterior. Si se parece a algo, equivocarse es tener la oportunidad de aprender.

Por extensión, no equivocarse sólo significa que probablemente habría mucho más margen en el riesgo asumido.

Qué enhorabuena, pero quizá podrías haber ido un poco más allá. Qué de puta madre, pero a lo mejor te has quedado corto. En cierta manera, no equivocarse conlleva la incómoda y perturbable idea de que en el fondo igual te has equivocado un poco. Y encima, como te sientes contento, ni reflexionas ni hostias.

A veces es bueno escuchar que nos hemos equivocado, pero no, no escuchamos. Ya nadie escucha. Nadie repare en lo que dice el otro. Estamos todos sumidos en un inmenso, solitario y ensordecedor silencio, y lo mismo que nos digan, nos expliquen, nos cuentan, nos avisan, nos chillen o nos susurren. Monólogos secuenciados que solo guardan breves silencios para esperar impacientemente a que el otro acabe. Andamos más sordos que mudos.

Escuchar no hace daño a nadie. Créenme, lo hemos probado todos alguna vez. En las relaciones sentimentales, dicen que es propio sólo y únicamente del periodo de seducción, cuando el hombre habla para impresionar y la mujer escucha para hacerlo creer que está impresionada.

Pero claro, eso de escuchar e interactuar implica la peligrosa posibilidad de que alguien te pueda hace cambiar de opinión. Y en los tiempos que corren, tiempos de valores inertes (coherencia, consistencia, rigidez), muy alejados de los valores de los seres vivos (cambio, adaptabilidad, flexibilidad), parece mucho más cómodo, rentable, y por tanto correcto, ser escuchado antes que escuchando, emisor antes que receptor, muy sordo antes que un poquito mudo.

Yo, en realidad, mientras escribía esto, ya he cambiado un par de veces de parecer. Será que me escucho demasiado.

Descansaba en el mismo taburete de siempre, ese que tenía el tapiz resquebrajado y empezaba a tambalearse debido a los numerosos clientes que se habían apoyado en él. En la derecha un cigarro, en la otra mano una cerveza medio vacía que había sido la causante de que en sus labios permanecieran restos de espuma.

Su particular atuendo de faena –un mono azul- había sido sustituido por unos vaqueros y una camiseta de rayas. Mientras su mirada se clavaba fijamente en la colilla que fumaba.

La escena era familiar para cualquier persona, pues se desarrollaba en un antro con cuadros de la ciudad. Donde el aíre, enrarecido por el humo, absorbía los pensamientos de aquel trabajador.

Con un tímido “buenas tardes”; tomé asiento a su lado, me correspondió con una mirada más triste de la habitual; “¿Qué te parece esto amigo?”, pregunté sin rodeos mientras mostraba la portada del periódico. “Lo más gracioso que he visto en todo el día”, respondió. Comprobé, de este modo, que su sinceridad y esa ironía acompañada por la rabia seguían siendo las de siempre. En la portada Zapatero ratificaba su confianza en los bancos, afirmaba que: “continuaban siendo una fortaleza y los protagonistas de la reactivación económica”, y él entretanto bebía a pequeños sorbos su cerveza.

“Es curioso que el presidente y yo tengamos una visión tan distinta de los banqueros”, comentaba mirándome a los ojos.

La fábrica cerró hace dos años. Sucedió todo tan rápido que no le dio tiempo a percibir que sus sueños junto a los de 1.600 familias se esfumaban de la noche a la mañana. Más de quince años madrugando para verse en la calle. Luego llegó una hija, la cual trajo bajo el brazo una pequeña indemnización y una boca más que alimentar. Eso sí, nadie pudo arrebatarle sentir por segunda vez la mayor alegría de su vida.

Con aquel dinero del despido acudieron a varias entidades bancarias para optar por la mejor oferta. Santander, percatándose de la gran oportunidad que se le presentaba, ofreció unas condiciones muy tentadoras que no pudieron rechazar. “Unos estafadores, eso es lo que son”, dice enfadado cada vez que lo recuerda. Cuando el dinero fue ingresado cambió radicalmente el contrato. Los detalles que habían inclinado la balanza a favor de aquella corporación financiera desaparecieron; y una vez más volvieron a ser engañados. Al preguntar por los políticos sonríe levemente, “no sé quiénes son peores…”. La alcaldesa de la ciudad y el presidente de la Junta aprovecharon cualquier ocasión para lanzar la bola al otro tejado, “¿A quién pretenden engañar?; si ellos no están de nuestra parte”, simples marionetas que juegan a favor de las multinacionales y pronuncian, cuando llega la ocasión, lo que el pueblo quiere oír.

Paga la cuenta y salimos del bar, la ciudad comienza a dormirse; y el sol libra su particular batalla con el mar para no irse a descansar. Las calles se encuentran vacías y sólo quedan resquicios de lo que una vez fue aquel lugar. “En nuestra tierra hay más de 14.000 parados, la población joven tiene que emigrar pues aquí no tienen ninguna salida, pero no pasa nada. Porque en el 2012 Cádiz va a estar tela de bonita”, comenta con ironía de camino a casa. “Y a lo que no le encuentro explicación”, me dice subiendo el tono de voz, “¿Pa qué coño quiero yo un segundo puente si ya no nos queda bahía?”. Y yo, que tampoco tengo respuesta, camino en silencio a su lado.

Fdo: David de la Cruz

Esta mañana, cuando me dirigía a comprar el periódico en mi tierra natal, tuve la suerte o la desgracia de toparme con un acontecimiento totalmente nuevo para mí. Se trataba de una manifestación frente a la puerta del Ayuntamiento de Atarfe, en pleno corazón de la localidad. Los allí presentes gritaban al unísono siempre el mismo lema: “¡Queremos trabajo!”. El acto me era novedoso por el hecho de que jamás había presenciado una protesta con semejante petición, y por supuesto, con ese grado de necesidad. Puedo reconocer que estar ahí, vivir el ambiente, conocer los problemas de primera mano, provoca una sensación interior que dista bastante de la percibida a través de los medios.

Los manifestantes exigían al consistorio municipal que hicieran efectivos los miles de millones que desde el Gobierno se han destinado a los Ayuntamientos para la creación de empleo. En este caso las peticiones de los parados no pueden tacharse de contener carga ideológica e intereses electorales, o lo que es lo mismo, de intentar criticar a un partido para beneficiar a otro. Se trata más bien de una exigencia universal, que va más allá de las disputas entre políticos. Es cierto que todavía puede ser pronto para pedir resultados a un plan realizado con tanta urgencia por el agravamiento de la crisis —donde además se ha demostrado una falta de previsión—, aunque es más cierto aún que los desempleados tienen todo el derecho a manifestarse por una causa tan obvia y fundamental como es la oportunidad a desarrollar un ejercicio laboral que reporte remuneración económica. Precisamente, en este punto en el que se mezclan derechos, necesidades y asuntos económicos, es donde más me gustaría detenerme. Los ciudadanos que reclamaban empleo, al igual que el resto de españoles, entre los que lógicamente me incluyo, son víctimas de una seria de actuaciones irregulares derivadas del libre mercado y avaladas por los grandes conglomerados económicos que forman la estructura real del poder.

Los problemas económicos en los que se encuentra sumergido medio planeta, parecen no tener la suficiente importancia como para que algunas empresas de carácter nacional e internacional practiquen medidas despreciables con el único objetivo de lucrarse un poco más si cabe. Aunque son varias las que podemos citar, vamos a ver como ejemplo a dos: Endesa y Telefónica. La primera ha despertado recientemente las críticas de medio país tras elevar, o mejor dicho, multiplicar la factura de la electricidad. Sus excusas han sido variadas, y todas con el preocupante respaldo del Gobierno, que era cien por cien conocedor de la subida, ya que había aprobado anteriormente la nueva normativa. Cualquier ciudadano que llame a Endesa para quejarse por el fuerte incremento será informado de que a partir de ahora tendrá que pagar meses con lectura de consumo estimada y meses con lectura de consumo real. Esta práctica no es novedosa, y ya se hace en otros sectores energéticos como el del gas, donde si por algún motivo no se puede leer el contador en el momento pertinente, se hace una lectura estimada. En el supuesto de que difiriera en exceso con el gasto real, tras comprobarse, se devuelve el dinero que se ha pagado de más. La diferencia entre ambas formas es que jamás se habían hecho estimaciones tan escandalosas como las del pasado mes, ni rechazado tantas reclamaciones por ello. Ante tal panorama no cabe otra que cuestionarse si es realmente lícito que una empresa privada estime lo que sus clientes van a consumir, y si éstos están desprotegidos antes tales prácticas. A esas cuestiones podríamos unir otra relativa a los beneficios que le reportará al Gobierno, si es que los obtuviera, claro.

En lo referido a Telefónica, el asunto es aún más grave. La empresa presidida por César Alierta, al igual que otras del mercado, se ha acostumbrado a inflar las facturas mensuales de sus clientes gracias a la inclusión de conceptos no acordados previamente, que si consiguen pasar desapercibidos y nadie los reclama, aumentarán los beneficios de la empresa. En este último mes he tenido conocimiento de 4 casos, todos con el mismo modus operandi. La jugada vas desde los ya clásicos 35 euros por un router que en un primer momento, justo en el que decidíamos si nos cambiábamos o no a Telefónica desde otra compañía, era gratuito, hasta los 20 por una asistencia técnica que nunca tuvo lugar. Ahora los consumidores deben estar al tanto de la cantidad que les cobran para comprobar si se producen irregularidades, como si ya fueran pocas las cosas que inundan sus cabezas. Aquí radica el éxito de este robo, en la normalización de lo que nos presentan como habitual. Son muchas las personas que se acostumbran a hacer estos pagos, porque ni siquiera se plantean el problema.

Pero, ¿se hacen eco los medios de comunicación de las acciones irregulares de Telefónica? La respuesta es no, excepto si el asunto ya fuera imposible de ocultar por sus grandes dimensiones. La razón es bien sencilla, y tiene que ver con dos realidades de la actual estructura informativa: la publicidad y la presencia accionarial en empresas mediáticas. En lo referente a la publicidad, Telefónica es una de las compañías que mas invierte. El gran desembolso económico que realiza para anunciar sus productos se convierte en un seguro protector anticríticas; privilegio sólo al alcance de los grandes, los que sostienen a los medios. En cuanto a su participación en otros grupos de comunicación —y digo otros porque Telefónica es un grupo mediático, dueño a medias de Admira o Digital + entre otros— puede afirmarse que es notable. El ejemplo más claro lo encontramos en su relación con Antena 3, cadena de la que posee acciones. Se hace difícil, por tanto, escuchar a Matías Prats informando sobre el elevado número de casos en los que los clientes de Telefónica se ven obligados a exigir una rectificación en el cobro de sus facturas de teléfono. En cambio, si son más habituales las noticias que informan sobre los logros de la compañía y su importante presencia a lo largo y ancho del planeta. Lo cierto es que no se equivocan, Telefónica se ha situado entre las 35 empresas más importantes del mundo, por delante incluso de la todopoderosa Mcdonald’s. Pero claro, ahora la duda está ahí, quizá su verdadero lugar estaría algunos puestos más abajo si no fuera gracias a esos importes de más que introduce en las facturas de sus varios millones de clientes.

Vemos de esta forma como los intereses de las grandes compañías, ya sean eléctricas, bancarias, telecomunicativas o de otro tipo, están directamente conectados con los medios de información. En esta conexión, evidentemente, los periodistas se ven afectados, pero, ¿significa esto que son esclavos de los intereses económicos que dominan la estructura comunicativa, y que por ello se ven incapaces de cubrir noticias que afectan de lleno a los ciudadanos? Mi opinión es que sí, al menos en un gran número de casos, y por ello son necesarias voces que aporten soluciones a un asunto que nos afecta directamente. Hay que recordar que la labor del periodista implica una responsabilidad social activa, acorde con los principios de la profesión, y a disposición de los ciudadanos, que son los verdaderos consumidores de información. Posiblemente, a ninguno de los parados que exigían un trabajo en Atarfe les importe cómo se encuentra la estructura de la información, sin embargo, si que se merecen la verdad de las cosas. No se puede aprovechar la evasión de la ciudadanía para ejercer un dominio puramente capitalista exento de moral lógica. Muy importante es, en conclusión, la función que los futuros profesionales de la información tienen en estos tiempos difíciles y, por ello, invito a todo aquel que lo desee a reflexionar, qué menos, sobre el devenir de las actuales circunstancias. Antonio Javier Martín Ávila

Tras un toque, una llamada, cinco minutos de conversación que me acercan a mi ciudad, mi hogar, mi gente. Tras preguntarme por el tiempo y contar las últimas hazañas de mis sobrinos, sus nietos, la voz cambia de tono. –“¿Vienes este fin de semana?” –“No lo sé”, respondo de la forma más dulce que puedo en ese momento. –“No te preocupes”, dice ella, -“si no pudieses iría a verte el domingo con tu padre”. Y sin faltar a su cita suena mi móvil a las diez de la mañana para anunciarme que el autobús ha llegado, yo que ni siquiera he salido de mi cama y ellos que han madrugado para venir a verme.

Al igual que en otras ocasiones contemplo la misma estampa, agarraditos del brazo y con unas bolsas repletas de comida. Me abrazan como si llevásemos meses sin vernos, y por un momento, siento que vuelvo a tener diez años. Cuentan -con ternura- que “las pequeñas están cogiendo peso”, y que ni me puedo imaginar “lo que dijo el chico la otra tarde”.

Despacito vamos caminando hasta llegar a mi piso, que no mi casa. Arriba se encuentra Karim, al cual no dudan en invitarlo a almorzar con ese modo tan peculiar que tiene: “¡Anda ya chiquillo deja de estudiar un rato y te hartas de comer!”, en ese instante me resulta imposible esconder una sonrisa.

Tras la comida un paseo por Sevilla, sin que falte por supuesto el manchao de media tarde. Llegando a Plaza Nueva me preguntan por la facultad, y a cada uno de mis comentarios contestan con una cultura que sólo está al alcance de aquellos que han aprendido durante más de medio siglo como es realmente la vida. Pues “la kuki” desconoce las aulas de la universidad, pero eso sí, sabe mejor que nadie lo que significa trabajar desde los 12 años. Su sueldo nunca lo repartió, ya que se lo daba íntegramente a su madre.

En Santa Cruz, “er Santi” sigue pendiente de aquello que le cuento, sorprendiéndose en ocasiones de las enseñanzas de algún profesor. “¡Curioso!”, reflexiono; no es consciente de que lo verdaderamente admirable es que a su edad y con la visión que tiene, siga levantándose cada mañana a las siete para abrir las rejas del taller.

Anécdotas de un matrimonio obrero que primero ayudaron a sus padres, luego criaron a seis hijos, y por último cuidan, cuando es necesario, a cualquiera de sus once nietos. Ella con un cariño y una ternura que jamás contemplé en otra persona; y él con sus peculiares refunfuños incapaces de esconder un enorme corazón.

La jornada va llegando a su fin, poquito a poco vamos llegando a la estación. El descenso de la temperatura provoca que se pongan hasta el último botón de sus abrigos. Con varios besos que me saben a muy poco, me advierten de que me cuide y cene todas las noches. Tras la despedida se alejan lentamente y observo -sin que se percaten- su característica forma de andar. Y aunque los años no transcurren en balde, cada cruce de miradas muestra un brillo sólo al alcance de aquellos que han vivido una bella y difícil historia de amor.

De vuelta reflexiono sobre los instantes que viví con mi familia. Me viene a la mente aquel almuerzo en la víspera de la boda de mi hermana mayor. Mi madre -nerviosa por el acontecimiento- nos enseñó como le quedaba uno de los numerosos trajes que se había probado. En ese momento emule a “las marujas” (una chirigota clásica de Cádiz que llevaban un disfraz parecido a su vestimenta). Ella comenzó a reír, parando en determinadas ocasiones porque se quedaba sin aire. Su carcajada contagio al resto de la mesa. Posteriormente y debido a que se aproximaba la fecha de su cumpleaños, le pregunté: qué podía regalarle, con esa sinceridad sólo al alcance de una madre, me dijo que acababa de recibir el mejor detalle que una persona pudiese desear. Entonces me enfadé por su respuesta. No fui consciente de que provocar esos segundos de felicidad sería el acto más noble que realizaría en el resto de mi vida.

Fdo: David de la Cruz

puerta-interior-a56A continuación podéis leer el primer texto de una persona invitada al blog. Se trata de Leti, una antigua inquilina del 35  que guarda consigo un gran número de vivencias y que ha aceptado compartirlas con todos nosotros. Desde aquí le agradecemos  su colaboración y le mandamos un fuerte abrazo.

Cuando Antonio, como siempre le he llamado aunque en la facultad le llamen Javi, me propuso ser una “invitada especial” de este blog, ipso facto vino a mi mente un huracán de recuerdos. Recuerdos que no se escaparán nunca de las paredes de ese 35 y que del mismo modo, los cuatro siguen empapelando.

Si contara las veces que cerré la puerta de ese piso, las veces que recorrí el ancho pasillo de la entrada, o tal vez el simple hecho de subir las escaleras podría estar meses pronunciando números. Números sin sentido pero que cada uno de ellos me lleva a un momento, un momento que compartí pues de eso trata la convivencia. Que da igual lo caprichosa que seas o lo “tiquismiquis”… total, ¿vivimos juntas, no? Eso es lo que siempre pensaba.

Y aunque las cosas se tuerzan siempre quedará el número quinientos en el que subí la escalera y me encontré un condón en medio del pasillo… las incesantes veces que recorrí el pasillo de rodillas y simulando tocar la guitarra o que coloqué un pos-it en la puerta de la habitación de mis compañeras, llegando a fraguar lo que bautizamos como “guerra”. El número dos en el que puse el lavavajillas con “fairy” y se armó la fiesta de la espuma en la cocina, el número uno en el que tendí la ropa y se vino la pared de la solana abajo, la cuarta vez que mis compañeras me despertaron al llegar de fiesta mientras yo dormía por enésima vez y soñaba con lo de siempre: volar. Además, el número uno en el que las vecinas de arriba llegaron de marcha y no se les ocurrió nada mejor que taconear y subí a la segunda planta por décima vez y toqué en su puerta por primera vez; aunque esa vez no me abrieron la puerta por la cara que traía, luego, meses más tarde, si que lo hicieron y ya la convivencia fue intercomunitaria. Qué paradoja.

Y aunque la convivencia se trate de vivir con más personas, o así lo defino yo, a veces añoraba poder estar sola. Poder aislarme y crear mi propio mundo, pero sólo por unas horas o minutos. Pero no. Siempre tenías a alguien ahí, acompañándote y con quien hablar. No estás nunca sola, aunque yo, por mi lejano origen, pasaba puentes en soledad era siempre satisfactorio abrir las puertas del piso a la que siempre y por inercia siempre estaba contigo.

Y aunque la vida de la residencia estuviera aún más cargada de recuerdos agradables y de momentos inolvidables, tu experiencia en un piso te marcará para siempre. Aprendes a respetar al otro sabiendo que ese es también su espacio, el mismo que el tuyo. Tu cuarto, tu pequeño terreno con tu soberanía, te garantiza a la vez cierta independencia que de igual manera es respetable.

Por eso, porque el respeto es la base de todo, porque las palabras sirven de mucho a la hora de arreglar conflictos entre compañeros de piso y porque es difícil convivir, les pido que hagan un buen uso de este blog y que también hagan de él un cuaderno de viaje, un cuaderno bitácora de la gran aventura que decidieron emprender: convivir, compartir.

Mucha suerte chicos.

Pd: recuerdos a Ferni (como le llamaba de coña), el casero más rata de toda la historia de los alquileres.

No puedo negar que cuando se planteó la aventura de compartir algo más que reuniones para jugar a la consola, cenas en el comedor y debates sobre una especie de primate catarrino , una parte de mi era bastante reticente al respecto, porque no es lo mismo compartir residencia que compartir un hogar. Todos tenemos nuestras interioridades, que puedes ser de una manera o otra. Pero son nuestras, puede parecerte una trivialidad, pero existen personas muy intrínsecas o sea, raritas. Y da la casualidad de que el arriba firmante lo es. Una de esas rarezas consiste en no ser muy simpatizante de compartir mi intimidad. Y claro, en una convivencia tan estrecha es inevitable.

Pero, una vez tomada la decisión hay que aprovechar esas experiencias únicas y demostrar la capacidad de adaptación necesaria, pues cuando nos ponemos a reflexionar sobre nuestra vida, lo primero con lo que nos topamos es que somos una persona que se encuentra en el mundo y que nuestra vida consiste en interactuar con todas las cosas y personas que podemos hallar en él. Una persona se forma mediante la cantidad y calidad de las relaciones sociales que haya tenido en su medio y es probable que tenga un mejor desarrollo cuando establece relaciones amistosas, coopera y colabora con las personas con quien convive.

Durante estos pocos meses que llevo, he aprendido que la convivencia es como un compromiso en que se trata de armonizar tendencias contrapuestas, por un lado lo que uno desea y por otro lo que las circunstancias posibilitan y exigen. Eso no significa vivir conforme o anular la propia individualidad en el seno de la convivencia, sino todo lo contrario, significa el enriquecimiento de uno mismo a través de ella, también implica el crecimiento social de los demás por lo que pueda aportar uno mismo.

Puesto este horizonte referencial, se me plantean las siguientes interrogantes: ¿Soy capaz de integrar lo mío con lo tuyo en la síntesis concordante del nosotros?; ¿Tengo una actitud afectiva positiva hacia los demás?; ¿Puedo desempeñar los roles que una convivencia establece?; ¿Tengo una motivación de interés por los demás?; ¿Tiendo a cooperar y trabajar en colaboración con el resto?

Probablemente no dispongo ni de la mitad de esas cualidades, y tampoco creo que me hagan mucha falta, porque mientras que la convivencia convencional es un pacto de mediocre calidad que implica un mínimo de mutua aceptación y convivencia civilizada. la convivencia entre amigos (mis amigos) es como vivir entre hermanos; y ese tipo de vínculos suele tener propiedades inhabituales y la mejor de ellas es: que si te equivocas siguen queriéndote.

Un amigo es el que te presta dinero antes de fregarte un plato, un amigo es el que  te dedica el tiempo que haga falta para explicarte la diferencia entre “más” y “mas”, un amigo es el que cuando te presta 1,30 euros le devuelves 1, un amigo es el que le puedes mirarle a los ojos y decirle: “Tío, ¡yo no te he cogido queso!” (habiendo estado yo solo el fin de semana en casa), en resumen un amigo es: Diego, David, Antonio y el quinto habitante, esté dónde esté…

images Tal y como venía haciendo casi todos los días desde que nos instalamos en nuestro “nuevo” piso, bajé las escaleras y me paré junto a los buzones. Era habitual encontrarlos con una saturación especial de propaganda, pero en esa ocasión había más que nunca, rebosaba de tal forma que para abrirse paso era necesario sacar el machete. Tras esforzarme un poco, pude divisarlo. Sí, allí estaba, el 1º C. Me dispuse a recoger la correspondencia que la señora empleada de Correos nos había dejado, eso sí, no sin antes haberme hecho varios cortes en la mano por meterla entre la rendija del buzón, ya que, como la mayoría de los españoles, para qué iba a llevar la llave.

La primera carta la deseché rápido, era de una antigua inquilina, que además se apellida Macías… La segunda tampoco me interesaba mucho, estaba seguro de que yo no era el agraciado que se llevaría medio kilito de las antiguas pesetas por la cara. Aunque parezca mentira, estas estúpidas promociones aún consiguen engañar a la gente y, al menos, venderles alguna que otra plancha que hace su trabajo sin cable y sin tabla. Sin embargo, la tercera carta si que merecía mi atención. El logotipo de Endesa significaba una nueva reducción en la cuenta corriente de mis compañeros de piso, y en la mía propia. Lo que nunca me podía haber imaginado era que la reducción ascendiera a semejante cuota. ¡Nada más y nada menos que 193, 25 euros marcaba la dichosa carta por un solo mes de luz! Lo más extraño es que la mitad de ese periodo la habíamos pasado fuera celebrando la navidad con nuestras familias. ¿Quizá el casero se estuvo montando fiestas esos días sin que nosotros lo supiéramos? Aun así, hubiera necesitado potentes altavoces y la mejor luminotecnia para llegar a consumir esa elevada cantidad, y Don Fernando, mucho sabe de medicina y finanzas, pero poco de guateques. Rápidamente vino a mi cabeza la teoría de David, es decir, aquella que señala la existencia de un quinto habitante en la casa. Pero pensé yo, para qué querría el maldito personaje jodernos de tal manera si vive a nuestra costa sin pagar un céntimo de alquiler, comida, gas o luz. No podía ser él, el quinto habitante no haría eso.

Era mucho más probable que el contador de la luz se hubiera estropeado y ahora rodara a una velocidad supersónica. No lo dudé dos veces y me dirigí hasta el cuarto de contadores. Una vez allí, la cosa no estaba muy clara. Mucha ruletita, mucho numerito, pero nuestros nombres no aparecían por ningún lado. Tuve entonces que fijarme en todos, a ver si alguno era el Alonso de los contadores, pero nada de nada. Todos avanzaban tan rápido como los casos judiciales en España, por lo que salí de allí un poco desesperado. Precisamente la desesperación me llevo a cuestionarme algo que todavía no puedo creer: quizá fuéramos nosotros los causantes de tal subida en la factura; quizá alguno se dejó el horno o la estufa funcionando durante el tiempo que nadie habitó el piso. Pero no, es imposible. Descartado. O sí, puede que sí, ¿no? Lo que está claro es que si realmente algún aparato se quedó encendido, no fue culpa mía. ¿Cómo iba a ser yo si no vivo solo? Si algo se nos enseña desde pequeñitos es a echar la culpa a los demás. Eso de mirarse uno el ombligo es hasta incómodo de hacer, sobre todo cuando no hay pruebas que nos inculpen directamente, porque entonces la cosa cambia. Cuando los indicios sobre nuestro grado de implicación son claros, el discurso es bien diferente. Puede que incluso hasta nos parezca bien pagar esa cantidad de dinero. ¡Potencia la economía chicos, el dinero es lo de menos!, diríamos. Mejor eso que pedir disculpas, donde va a parar. Mi conclusión sobre toda esta maraña de letras no puede ser otra: si llega una carta con el logotipo de Endesa a vuestras manos, mejor no la abráis.

Antes de dar paso a la siguiente entrada en el blog, me gustaría dejar por aquí unas palabras de John Stuart Mill, con la intención de mostrar lo que significa poder expresarse a través de cualquier medio:

“Si toda la humanidad, menos una persona, fuera de la misma opinión, y esta persona fuera de opinión contraria, la humanidad sería tan injusta impidiendo que hablase como ella misma lo sería si teniendo poder suficiente impidiera que hablara la humanidad. Si fuera la opinión una posesión personal que sólo tuviera valor para su dueño; si el impedir su disfrute fuera simplemente un perjuicio particular, habría alguna diferencia entre que el perjuicio se infligiera a pocas o a muchas personas. Pero la peculiaridad del mal que consiste en impedir la expresión de una opinión es que se comete un robo a la raza humana; a la posteridad tanto como a la generación actual; a aquellos que disienten de esa opinión, más todavía a aquellos que participan de ella. Si la opinión es verdadera se les priva de la oportunidad de cambiar el error; y si es errónea, pierden lo que es un beneficio no menos importante: la más clara percepción y la impresión más viva de la verdad, producida por su colisión con el error”

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