Crónicas desde un 35 de Jesús del Gran Poder

Un café a 125 kilómetros de casa

Posted on: febrero 3, 2009

Tras un toque, una llamada, cinco minutos de conversación que me acercan a mi ciudad, mi hogar, mi gente. Tras preguntarme por el tiempo y contar las últimas hazañas de mis sobrinos, sus nietos, la voz cambia de tono. –“¿Vienes este fin de semana?” –“No lo sé”, respondo de la forma más dulce que puedo en ese momento. –“No te preocupes”, dice ella, -“si no pudieses iría a verte el domingo con tu padre”. Y sin faltar a su cita suena mi móvil a las diez de la mañana para anunciarme que el autobús ha llegado, yo que ni siquiera he salido de mi cama y ellos que han madrugado para venir a verme.

Al igual que en otras ocasiones contemplo la misma estampa, agarraditos del brazo y con unas bolsas repletas de comida. Me abrazan como si llevásemos meses sin vernos, y por un momento, siento que vuelvo a tener diez años. Cuentan -con ternura- que “las pequeñas están cogiendo peso”, y que ni me puedo imaginar “lo que dijo el chico la otra tarde”.

Despacito vamos caminando hasta llegar a mi piso, que no mi casa. Arriba se encuentra Karim, al cual no dudan en invitarlo a almorzar con ese modo tan peculiar que tiene: “¡Anda ya chiquillo deja de estudiar un rato y te hartas de comer!”, en ese instante me resulta imposible esconder una sonrisa.

Tras la comida un paseo por Sevilla, sin que falte por supuesto el manchao de media tarde. Llegando a Plaza Nueva me preguntan por la facultad, y a cada uno de mis comentarios contestan con una cultura que sólo está al alcance de aquellos que han aprendido durante más de medio siglo como es realmente la vida. Pues “la kuki” desconoce las aulas de la universidad, pero eso sí, sabe mejor que nadie lo que significa trabajar desde los 12 años. Su sueldo nunca lo repartió, ya que se lo daba íntegramente a su madre.

En Santa Cruz, “er Santi” sigue pendiente de aquello que le cuento, sorprendiéndose en ocasiones de las enseñanzas de algún profesor. “¡Curioso!”, reflexiono; no es consciente de que lo verdaderamente admirable es que a su edad y con la visión que tiene, siga levantándose cada mañana a las siete para abrir las rejas del taller.

Anécdotas de un matrimonio obrero que primero ayudaron a sus padres, luego criaron a seis hijos, y por último cuidan, cuando es necesario, a cualquiera de sus once nietos. Ella con un cariño y una ternura que jamás contemplé en otra persona; y él con sus peculiares refunfuños incapaces de esconder un enorme corazón.

La jornada va llegando a su fin, poquito a poco vamos llegando a la estación. El descenso de la temperatura provoca que se pongan hasta el último botón de sus abrigos. Con varios besos que me saben a muy poco, me advierten de que me cuide y cene todas las noches. Tras la despedida se alejan lentamente y observo -sin que se percaten- su característica forma de andar. Y aunque los años no transcurren en balde, cada cruce de miradas muestra un brillo sólo al alcance de aquellos que han vivido una bella y difícil historia de amor.

De vuelta reflexiono sobre los instantes que viví con mi familia. Me viene a la mente aquel almuerzo en la víspera de la boda de mi hermana mayor. Mi madre -nerviosa por el acontecimiento- nos enseñó como le quedaba uno de los numerosos trajes que se había probado. En ese momento emule a “las marujas” (una chirigota clásica de Cádiz que llevaban un disfraz parecido a su vestimenta). Ella comenzó a reír, parando en determinadas ocasiones porque se quedaba sin aire. Su carcajada contagio al resto de la mesa. Posteriormente y debido a que se aproximaba la fecha de su cumpleaños, le pregunté: qué podía regalarle, con esa sinceridad sólo al alcance de una madre, me dijo que acababa de recibir el mejor detalle que una persona pudiese desear. Entonces me enfadé por su respuesta. No fui consciente de que provocar esos segundos de felicidad sería el acto más noble que realizaría en el resto de mi vida.

Fdo: David de la Cruz

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4 comentarios to "Un café a 125 kilómetros de casa"

uuffff… los viejos q se les exa de menos… gracias david

¡Grande David, muy grande! Fantástico artículo. Me quedo sin palabras para agradecerte la emoción que me has hecho sentir. Un abrazo.

Muy emocionante, David. Has logrado conseguir lo que todo buen articulista ansía: que sus lectores empaticen con él.

Mi enhorabuena, desconocía que escribieses y transmitieses tan bien.

¡Un abrazo!

la verdad…: me has emocionado. Enhorabuena por este gran texto. Bueno chico animos que estamos apunto de terminar los examenes y a descansar besitosss

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