Crónicas desde un 35 de Jesús del Gran Poder

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Descansaba en el mismo taburete de siempre, ese que tenía el tapiz resquebrajado y empezaba a tambalearse debido a los numerosos clientes que se habían apoyado en él. En la derecha un cigarro, en la otra mano una cerveza medio vacía que había sido la causante de que en sus labios permanecieran restos de espuma.

Su particular atuendo de faena –un mono azul- había sido sustituido por unos vaqueros y una camiseta de rayas. Mientras su mirada se clavaba fijamente en la colilla que fumaba.

La escena era familiar para cualquier persona, pues se desarrollaba en un antro con cuadros de la ciudad. Donde el aíre, enrarecido por el humo, absorbía los pensamientos de aquel trabajador.

Con un tímido “buenas tardes”; tomé asiento a su lado, me correspondió con una mirada más triste de la habitual; “¿Qué te parece esto amigo?”, pregunté sin rodeos mientras mostraba la portada del periódico. “Lo más gracioso que he visto en todo el día”, respondió. Comprobé, de este modo, que su sinceridad y esa ironía acompañada por la rabia seguían siendo las de siempre. En la portada Zapatero ratificaba su confianza en los bancos, afirmaba que: “continuaban siendo una fortaleza y los protagonistas de la reactivación económica”, y él entretanto bebía a pequeños sorbos su cerveza.

“Es curioso que el presidente y yo tengamos una visión tan distinta de los banqueros”, comentaba mirándome a los ojos.

La fábrica cerró hace dos años. Sucedió todo tan rápido que no le dio tiempo a percibir que sus sueños junto a los de 1.600 familias se esfumaban de la noche a la mañana. Más de quince años madrugando para verse en la calle. Luego llegó una hija, la cual trajo bajo el brazo una pequeña indemnización y una boca más que alimentar. Eso sí, nadie pudo arrebatarle sentir por segunda vez la mayor alegría de su vida.

Con aquel dinero del despido acudieron a varias entidades bancarias para optar por la mejor oferta. Santander, percatándose de la gran oportunidad que se le presentaba, ofreció unas condiciones muy tentadoras que no pudieron rechazar. “Unos estafadores, eso es lo que son”, dice enfadado cada vez que lo recuerda. Cuando el dinero fue ingresado cambió radicalmente el contrato. Los detalles que habían inclinado la balanza a favor de aquella corporación financiera desaparecieron; y una vez más volvieron a ser engañados. Al preguntar por los políticos sonríe levemente, “no sé quiénes son peores…”. La alcaldesa de la ciudad y el presidente de la Junta aprovecharon cualquier ocasión para lanzar la bola al otro tejado, “¿A quién pretenden engañar?; si ellos no están de nuestra parte”, simples marionetas que juegan a favor de las multinacionales y pronuncian, cuando llega la ocasión, lo que el pueblo quiere oír.

Paga la cuenta y salimos del bar, la ciudad comienza a dormirse; y el sol libra su particular batalla con el mar para no irse a descansar. Las calles se encuentran vacías y sólo quedan resquicios de lo que una vez fue aquel lugar. “En nuestra tierra hay más de 14.000 parados, la población joven tiene que emigrar pues aquí no tienen ninguna salida, pero no pasa nada. Porque en el 2012 Cádiz va a estar tela de bonita”, comenta con ironía de camino a casa. “Y a lo que no le encuentro explicación”, me dice subiendo el tono de voz, “¿Pa qué coño quiero yo un segundo puente si ya no nos queda bahía?”. Y yo, que tampoco tengo respuesta, camino en silencio a su lado.

Fdo: David de la Cruz

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Tras un toque, una llamada, cinco minutos de conversación que me acercan a mi ciudad, mi hogar, mi gente. Tras preguntarme por el tiempo y contar las últimas hazañas de mis sobrinos, sus nietos, la voz cambia de tono. –“¿Vienes este fin de semana?” –“No lo sé”, respondo de la forma más dulce que puedo en ese momento. –“No te preocupes”, dice ella, -“si no pudieses iría a verte el domingo con tu padre”. Y sin faltar a su cita suena mi móvil a las diez de la mañana para anunciarme que el autobús ha llegado, yo que ni siquiera he salido de mi cama y ellos que han madrugado para venir a verme.

Al igual que en otras ocasiones contemplo la misma estampa, agarraditos del brazo y con unas bolsas repletas de comida. Me abrazan como si llevásemos meses sin vernos, y por un momento, siento que vuelvo a tener diez años. Cuentan -con ternura- que “las pequeñas están cogiendo peso”, y que ni me puedo imaginar “lo que dijo el chico la otra tarde”.

Despacito vamos caminando hasta llegar a mi piso, que no mi casa. Arriba se encuentra Karim, al cual no dudan en invitarlo a almorzar con ese modo tan peculiar que tiene: “¡Anda ya chiquillo deja de estudiar un rato y te hartas de comer!”, en ese instante me resulta imposible esconder una sonrisa.

Tras la comida un paseo por Sevilla, sin que falte por supuesto el manchao de media tarde. Llegando a Plaza Nueva me preguntan por la facultad, y a cada uno de mis comentarios contestan con una cultura que sólo está al alcance de aquellos que han aprendido durante más de medio siglo como es realmente la vida. Pues “la kuki” desconoce las aulas de la universidad, pero eso sí, sabe mejor que nadie lo que significa trabajar desde los 12 años. Su sueldo nunca lo repartió, ya que se lo daba íntegramente a su madre.

En Santa Cruz, “er Santi” sigue pendiente de aquello que le cuento, sorprendiéndose en ocasiones de las enseñanzas de algún profesor. “¡Curioso!”, reflexiono; no es consciente de que lo verdaderamente admirable es que a su edad y con la visión que tiene, siga levantándose cada mañana a las siete para abrir las rejas del taller.

Anécdotas de un matrimonio obrero que primero ayudaron a sus padres, luego criaron a seis hijos, y por último cuidan, cuando es necesario, a cualquiera de sus once nietos. Ella con un cariño y una ternura que jamás contemplé en otra persona; y él con sus peculiares refunfuños incapaces de esconder un enorme corazón.

La jornada va llegando a su fin, poquito a poco vamos llegando a la estación. El descenso de la temperatura provoca que se pongan hasta el último botón de sus abrigos. Con varios besos que me saben a muy poco, me advierten de que me cuide y cene todas las noches. Tras la despedida se alejan lentamente y observo -sin que se percaten- su característica forma de andar. Y aunque los años no transcurren en balde, cada cruce de miradas muestra un brillo sólo al alcance de aquellos que han vivido una bella y difícil historia de amor.

De vuelta reflexiono sobre los instantes que viví con mi familia. Me viene a la mente aquel almuerzo en la víspera de la boda de mi hermana mayor. Mi madre -nerviosa por el acontecimiento- nos enseñó como le quedaba uno de los numerosos trajes que se había probado. En ese momento emule a “las marujas” (una chirigota clásica de Cádiz que llevaban un disfraz parecido a su vestimenta). Ella comenzó a reír, parando en determinadas ocasiones porque se quedaba sin aire. Su carcajada contagio al resto de la mesa. Posteriormente y debido a que se aproximaba la fecha de su cumpleaños, le pregunté: qué podía regalarle, con esa sinceridad sólo al alcance de una madre, me dijo que acababa de recibir el mejor detalle que una persona pudiese desear. Entonces me enfadé por su respuesta. No fui consciente de que provocar esos segundos de felicidad sería el acto más noble que realizaría en el resto de mi vida.

Fdo: David de la Cruz

hombre-invisibleY resulta que hoy ha vuelto a pasar… ¿Quién es? nadie lo sabe… desconocemos sus caracterízticas, su físico e incluso de donde proviene, pero sabemos algo: él está entre nosotros.

Recuerdo allá por el mes de julio que Karim, Diego, Antonio y un servidor buscábamos desesperadamente un piso donde habitar en este curso, las ofertas destacaban por su ausencia, hasta que Lety nos dio la noticia de que dejaban su morada. La información vino como agua de mayo, y pronto localizamos al casero para mostrar nuestro interés. Tras varios “tiras y aflojas” conseguimos firmar el dichoso contrato, el cual destacaba “por su módico precio” unos 1.000 euritos al mes;  ¡bien!.

Estampamos nuestras firmas sin leer siquiera la dichosa letra pequeña. El primer mes de convivencia fue sobre ruedas, entusiasmados con la idea de compartir el cuarto de baño con tu colega, los días fueron pasando entre bromas y risas. Hasta que llegó ¡ese máldito cabrón!.

Tengo grabado en mi mente aquel momento, me desperté una gélida mañana de noviembre, todo parecía en orden hasta que entré en el salón, allí la luz estaba encendida, y lo curioso es que nadie se encontraba en el lugar, -un despiste- pensé. Le comenté lo sucedido a mis compañeros -los cuales negaron haberse olvidado- y entre nuevos chistes fuimos paseando lentamente por el pasillo hasta desembocar en la cocina. En ese preciso instante un escalofrío recorrió nuestros cuerpos. El fregadero estaba lleno de sartenes, platos y vasos ¿Cómo era posible si cada uno afirmaba haber fregado sus utensilios?

Desde entonces la situación es insostenible, si Diego confiesa haber limpiado el suelo del pasillo, inexplicablemente aparece sucio, la estufa de Antonio siempre desprende calor a pesar de que el chaval ya no la usa. Karim está cansado de encontrarse siempre su cama deshecha; y en cuanto a mí, no sé que hacer para que el jodido amigo invisible que habita sin pagar el alquiler deje de quitar la ropa de las perchas para depositarla arrugada en la silla.

Pues una cosas esta clara: ¡nosotros no hemos sido!. ¿Quién cojones dijo que donde caben cuatro caben cinco?

Fdo: David de la Cruz


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