Crónicas desde un 35 de Jesús del Gran Poder

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La vida es equivocarse. Espabilamos gracias a morder el polvo, comernos los “yo nunca”, aguantar unos cuantos “ya te lo dije”. Caerse una y otra vez, para lo cual es requisito indispensable haberse levantado en otras tantas ocasiones.

No se porque nunca reparamos en la belleza del error, la estética de una buena crisis, el innegable valor de un “por aquí no es”. Es fácil equivocarse, sí, pero mucho más fácil equivocarse sobre qué significa equivocarse.

Equivocarse no es hacerlo mal a conciencia. es más bien tomar un riesgo y sufrir su no-éxito. Equivocarse no es ser imbécil. Es más bien empezar a serlo un poco menos.

Equivocarse no es romper: eso seria quedarse con media copla. Equivocarse implica romper, cortarse, sufrir, mirar, reflexionar, curarse, y tener la oportunidad de volver a construir algo nuevo que sea mejor que lo anterior. Si se parece a algo, equivocarse es tener la oportunidad de aprender.

Por extensión, no equivocarse sólo significa que probablemente habría mucho más margen en el riesgo asumido.

Qué enhorabuena, pero quizá podrías haber ido un poco más allá. Qué de puta madre, pero a lo mejor te has quedado corto. En cierta manera, no equivocarse conlleva la incómoda y perturbable idea de que en el fondo igual te has equivocado un poco. Y encima, como te sientes contento, ni reflexionas ni hostias.

A veces es bueno escuchar que nos hemos equivocado, pero no, no escuchamos. Ya nadie escucha. Nadie repare en lo que dice el otro. Estamos todos sumidos en un inmenso, solitario y ensordecedor silencio, y lo mismo que nos digan, nos expliquen, nos cuentan, nos avisan, nos chillen o nos susurren. Monólogos secuenciados que solo guardan breves silencios para esperar impacientemente a que el otro acabe. Andamos más sordos que mudos.

Escuchar no hace daño a nadie. Créenme, lo hemos probado todos alguna vez. En las relaciones sentimentales, dicen que es propio sólo y únicamente del periodo de seducción, cuando el hombre habla para impresionar y la mujer escucha para hacerlo creer que está impresionada.

Pero claro, eso de escuchar e interactuar implica la peligrosa posibilidad de que alguien te pueda hace cambiar de opinión. Y en los tiempos que corren, tiempos de valores inertes (coherencia, consistencia, rigidez), muy alejados de los valores de los seres vivos (cambio, adaptabilidad, flexibilidad), parece mucho más cómodo, rentable, y por tanto correcto, ser escuchado antes que escuchando, emisor antes que receptor, muy sordo antes que un poquito mudo.

Yo, en realidad, mientras escribía esto, ya he cambiado un par de veces de parecer. Será que me escucho demasiado.

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No puedo negar que cuando se planteó la aventura de compartir algo más que reuniones para jugar a la consola, cenas en el comedor y debates sobre una especie de primate catarrino , una parte de mi era bastante reticente al respecto, porque no es lo mismo compartir residencia que compartir un hogar. Todos tenemos nuestras interioridades, que puedes ser de una manera o otra. Pero son nuestras, puede parecerte una trivialidad, pero existen personas muy intrínsecas o sea, raritas. Y da la casualidad de que el arriba firmante lo es. Una de esas rarezas consiste en no ser muy simpatizante de compartir mi intimidad. Y claro, en una convivencia tan estrecha es inevitable.

Pero, una vez tomada la decisión hay que aprovechar esas experiencias únicas y demostrar la capacidad de adaptación necesaria, pues cuando nos ponemos a reflexionar sobre nuestra vida, lo primero con lo que nos topamos es que somos una persona que se encuentra en el mundo y que nuestra vida consiste en interactuar con todas las cosas y personas que podemos hallar en él. Una persona se forma mediante la cantidad y calidad de las relaciones sociales que haya tenido en su medio y es probable que tenga un mejor desarrollo cuando establece relaciones amistosas, coopera y colabora con las personas con quien convive.

Durante estos pocos meses que llevo, he aprendido que la convivencia es como un compromiso en que se trata de armonizar tendencias contrapuestas, por un lado lo que uno desea y por otro lo que las circunstancias posibilitan y exigen. Eso no significa vivir conforme o anular la propia individualidad en el seno de la convivencia, sino todo lo contrario, significa el enriquecimiento de uno mismo a través de ella, también implica el crecimiento social de los demás por lo que pueda aportar uno mismo.

Puesto este horizonte referencial, se me plantean las siguientes interrogantes: ¿Soy capaz de integrar lo mío con lo tuyo en la síntesis concordante del nosotros?; ¿Tengo una actitud afectiva positiva hacia los demás?; ¿Puedo desempeñar los roles que una convivencia establece?; ¿Tengo una motivación de interés por los demás?; ¿Tiendo a cooperar y trabajar en colaboración con el resto?

Probablemente no dispongo ni de la mitad de esas cualidades, y tampoco creo que me hagan mucha falta, porque mientras que la convivencia convencional es un pacto de mediocre calidad que implica un mínimo de mutua aceptación y convivencia civilizada. la convivencia entre amigos (mis amigos) es como vivir entre hermanos; y ese tipo de vínculos suele tener propiedades inhabituales y la mejor de ellas es: que si te equivocas siguen queriéndote.

Un amigo es el que te presta dinero antes de fregarte un plato, un amigo es el que  te dedica el tiempo que haga falta para explicarte la diferencia entre “más” y “mas”, un amigo es el que cuando te presta 1,30 euros le devuelves 1, un amigo es el que le puedes mirarle a los ojos y decirle: “Tío, ¡yo no te he cogido queso!” (habiendo estado yo solo el fin de semana en casa), en resumen un amigo es: Diego, David, Antonio y el quinto habitante, esté dónde esté…

superNo sé si os habrá pasado alguna vez, que entrais en un supermercado y os perdeis. A mi me ocurre muy a menudo, y no es porque mi orientación espacial sea algo limitada, yo creo que más bien es por la falta de percepción que tienen los gestores de las grandes superficies de las necesidades reales de los consumidores.

Un ejemplo didáctico seria el mío, cuando me decidí por esta aventurilla de vivir en un piso, donde TODO lo tienes que hacer tú mismo. Un día necesitaba dos cosas muy simples y concretas: Philadelphia y un ambientador. Parece tarea fácil pero no. Me desplacé hasta el súper más cercano y nada más entrar, puedes darte cuenta de que el establecimiento tiene una curiosa distribución, muchos pasillos y muchos carteles indicando de todo menos dónde está la Philadelphia. Bueno como dice mi amigo Diego cuando no se sabe qué hacer lo mejor es ir por partes. Para ahorrarme tiempo y esfuerzo me decanté por preguntarle a una amable empleada que reponía mercancías:

– Perdone, ¿sería usted tan amable de indicarme dónde puedo encontrar Philadelphia?
– Sí, por allí. (Señalando con su dedo índice 2 o 3 pasillos a la vez…).

¡Ah qué preciso, me lo acabas de solucionar todo, gracias eh! Buahh, vuelvo a intentar hacer la cosas bien, osea por partes. Buscando y buscando, y después de un montón de tiempo vagando por los pasillos que parecían no acabar nunca la encontré. ¡Allí estaba! (lo curioso es que el pasillo me sonaba un montón…), junto a la leche desnatada y el queso. Pero no lo entiendo ¿por qué allí?; ¿no sería más oportuno que se colocara junto al pan? Que yo sepa la gente no unta la Philadelphia en lonchas de queso… en fin. Philadelphia en mano, fui en busca del ambientador y tras otro montón de tiempo buscando, lo encontré. Apenas había variedades: sol de verano, Eucalipto globulus, perfume polar ártico, lavanda spica, lavanda vera, Limón tea, ylang-ylang, aroma de un bosque por la mañana temprano…jo ¿no existe uno con aroma “normal”? o más fácil todavía, ¿no existe uno con aroma “karim, llévate este”? Ufff que lío, al final entre tanta duda me llevé uno al azar (por cierto el aroma resultó penoso…), y después, la cola en la caja, ufff más lenta que la vuelta ciclista a españa en una Cyclostatic…

Así que desde aquí me gustaría instar a los gestores de las grandes superficies que intenten preocuparse más por la comodidad del consumidor. Una propuesta sería: ordenar todos los productos por orden alfabético, o mejor aún, al estilo “Venta”, me explico. En la entrada del súper se coloca un enorme mostrador con un montón de dependientas, llegas tú y: Buenos días, estoy buscando tal cosa…, sí espero… gracias.

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